La inquietante nueva autora salteña nos comparte uno de sus textos:
«REZA ANTES DE DORMIR»
Aquellas noches en vela sacaban lo mejor de mí pero había otras que prefería olvidar. Pocas veces en mi vida aconteció un evento tan escalofriante que al recordarlo me da miedo dormir.
Una noche de domingo, me acuesto a la madrugada pasadas las dos AM, agobiada de tanto estudiar, mi visión se nubla y comienzo a ver sombras moviéndose en la pantalla del antiguo televisor. Me repito a mí misma que me encuentro muy cansada para encontrarle una explicación lógica a lo que veo, pero esta última casi siempre me abandona a las tres de la mañana, a la hora del diablo.
Recuerdo a mi padre sermoneándome, diciéndome que no duermo lo suficiente, que no rezo como es debido y que tampoco voy a misa los domingos. Debo confesar que nunca se me dieron bien las rutinas del cristianismo, jamás aprendí a rezar el rosario y siempre me perdía rezando el Ave María. Quizás esa noche el mismo Dios me pondría a prueba para ayudarme a aprender lo que años de un colegio religioso no pudo.
Me voy a la cama, rememorando las palabras de mi padre, intento rezar un poco apabullada por la hora pero el cansancio ayuda a dormirme rápidamente. Y antes de entrar al sueño más profundo comienzo a ver de vuelta sombras extrañas en mis sueños, espectros que rodean mi cama y almas desahuciadas que me piden rece por ellas. Ignoro estos pensamientos y me giro hacia la izquierda dándole la espalda a todo aquello que intenta asustarme.
Poco a poco siento algo frío que recorre mi espalda, me eriza los pelos del pescuezo y comienza a reptar por mi cabeza, de golpe aquella mano que acariciaba mi espalda me gira la cabeza, los dedos fríos y húmedos me sostienen la frente con fuerza y las uñas se me incrustan en la mente. Un pitido me altera, y percibo como algo que estaba instalado dentro de mi cuerpo se desprende con cada uña insertándose en mi frente. Uno a uno los nervios del sistema nervioso central se despegan de mi cuerpo, siento como si me estuviesen despellejando viva y comienzo a rezar la oración que dejé a medias antes de dormirme.
El ente se posa sobre mi pecho, se aferra a mi caja toráxica con sus pies lánguidos y huesudos y comienza a tirar con fuerza lo que parecería ser mi alma. Ríe con malicia mientras sollozo, no puedo gritar, estoy inmolada por el miedo a morir, a que se lleven mi luz y sólo dejen el cadáver vacío de lo que alguna vez fui.
Paralizada en una lucha que parece no tener final feliz, me dedico a observar como el mal se lleva mi vitalidad, cómo me arrastra del cuero cabelludo hasta la esquina de la habitación y levitamos hasta el techo. Con sus uñas sucias y negras gira mi cara para hacerme admirar su obra de arte: mi cuerpo sin vida sobre una cama.

En un intento en vano por recuperar lo perdido comienzo a rezar nuevamente. <<Avemaría purísima, sin estrellas, sin pecados, padre nuestro, tuyo, vuestro. ¿Cómo era?>> digo quebrada en llanto. El espectro maligno se ríe y crea juegos de palabras que hacen pierda la cordura y no pueda seguir el hilo de aquella oración que aprendí con cinco años.
Comprendo que no podré volver a habitar mi cuerpo, vagaré en las oscuridades y rincones de la casa como el ente malicioso que me extirpó de mi receptáculo. Y en ese momento cuando ya todo parecía en vano, recordé a mi padre diciéndome la oración de la sangre de Cristo: << Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. >>
Bastaron estas dos líneas para que el demonio me suelte, caigo hacia el suelo escuchando sus chillidos penetrantes, mi tímpano rebotaba y el sonido estridente rompió las finas membranas de mi oído, que empezó a sangrar por dentro. Me arrastro por el suelo repitiendo la frase una y otra vez, mientras sentía como las lágrimas caían por mis mejillas. Casi sin fuerzas, estiro mi mano derecha y toco mi cuerpo gélido. Aquel frío me devuelve en sí y me despierto sobresaltada, son las tres y treinta y tres de la mañana, me toco el cuerpo y cojo el rosario que tenía al lado de la cama. Llamo a mi padre sin pensarlo, le pido disculpas y le digo que a partir de ese momento voy a ser una mejor cristiana. Él un poco dormido, ríe y me dice <<A mi no me prometas nada, eso háblalo con Dios>>
Ana Victoria Fernández
BIO
Ana Victoria Fernández nació en Salta, Argentina, en 1992. Estudió Licenciatura en Lengua Inglesa en la Universidad Nacional de Córdoba, y comenzó a escribir durante la universidad como una forma de explorar la soledad, los vínculos humanos y las preguntas que surgen en torno a la vida y la muerte. Actualmente reside en Barcelona donde continúa formándose en escritura, análisis literario y corrección de textos.
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Ilustración de https://www.instagram.com/ladywildy.art

