Post su histórico show en Obras, la banda visitó por segunda vez el NOA
Recuerdo el sublime spot de su debut en la ciudad: “¿Hace cuánto no te drogas con rock ‘n roll?”. Es que cualquiera que asista a verlos —aun con un estado toxicológico inmaculado— no saldrá de la misma manera.
La banda venía de realizar su histórico “Obras” de cuatro horas de duración. La vara estaba altísima. Algunos detractores, que los tildan de soberbios, habrán pensado que en el norte y tocando en un bar pequeño, no ofrecerían el mismo recital. Pero no fue el caso.

La lista original de 25 temas terminó siendo de 29, por la avidez de tocar. Disfrutamos de un show surrealista de tres horas y cuarenta minutos, atravesado por rock psicodélico, stoner, garage, krautrock, noise, electrónica y experimentación. Y seguramente en su próxima visita haya que sumar más géneros, porque el quinteto no se estanca en ninguno: está en una búsqueda constante. Eso también los vuelve no aptos para ‘easy listeners’; de hecho, un puñado de personas se retiró antes de las últimas canciones.
Salta fue, lamentablemente, la única provincia del NOA donde no hubo banda telonera: la única perlita negra. Este tipo de recitales siempre representan una gran oportunidad para que los artistas locales se presenten ante un buen marco de público, compartan momentos con la banda en cuestión y sumen un renglón a su CV.

El show comenzó con un trip de más de siete minutos: el tema que da título a su segundo álbum, “No hagas que me arrepienta”. Luego bajaron un poco la intensidad, a un tema cancionero con una estructura más clásica, “Joel”. Pero antes de eso, un terrible acople marcó el inicio de los típicos problemas de sonido del lugar. Para el tercer tema se desató un pogo furioso con “Dopamina”, y arrancó también el show aparte que siempre regala Gabriel Torres Carabajal, en quien la banda se apoya durante los extensos pasajes de cuelgue. Después llegaron los “hits” no radiales: “Dorado y púrpura” y “¿Así que te gusta hacerte el Lou Reed?”. A continuación, Ricky tomó el control para cantar “Catalán”. Luego sonó “Riders”, uno de los temas donde la banda se aleja de la tibieza de otros artistas, con una letra de contenido sociopolítico muy acorde a los tiempos de crisis actuales.
Promediando el show, tuvimos el privilegio de escuchar un triple estreno: “Hatso!”, “Media vida” y “Ah hey hey hey”, todos incluidos en el nuevo álbum “Quiero que lo que yo te diga sea un arma en tu arsenal”, lanzado hace apenas unos días. El público volvió a estallar con el lisérgico “A.P.T. (American Pro Trucker)”. Después llegaría una grata sorpresa: “Columbia”, cover de Oasis —no incluida en la lista. ¿Señal de que podrían ser los teloneros nacionales? Otro guiño (?) a tener en cuenta: en el afiche promocional de su fecha en el teatro “Vorterix”, en abril, utilizaron la tipografía del logo de la banda de Manchester.

Bajaron varios cambios con la apacible “Más fuerte que el sol”, casi como salida del “Their Satanic Majesties Request” de los Stones, para luego recobrar fuerzas en el punch final con “La cura”, la tóxica “Tiempo de jazz” y dos temas no listados: “Bailando al compás de las armas enemigas”, con esa línea de bajo onírica, y el sonido potente y volador de “D.I.E (Dance in Ecstasy)”. Finalmente, el cierre llegó con toda la ira del electropunk “V.V.”, tema dedicado a la vicepresidenta de la Nación.
Así concluyó la odisea espacial de los Winona: una experiencia inmersiva que demuestra el poder del minimalismo para encantar y sumergir.
En tiempos compulsivos como los actuales, la gente busca algo en qué creer. En Winona Riders, pueden hacerlo.
Mato Belbruno (Estado de Rock)

